Bolivia construcciones: II – Aguas

Una extensa franja de costa marítima y de ricos territorios le fue despojada a Bolivia por Chile hace casi un siglo y medio. Intereses y capitales de dominación imperial fueron los determinantes de origen y de la prolongación en el tiempo del enclaustramiento -único en el mundo junto al de otras seis naciones- que perjudica económica y geopolíticamente al país del altiplano. Pese al entreguismo histórico de quienes hundieron a Bolivia durante interminables años, el pueblo y diversos sectores mantuvieron siempre en alto la reivindicación por lo que les corresponde . Desde el primer momento como presidente, Evo Morales impulsó esa lucha al compás de otras constantes transformaciones llevadas adelante. En un hito universal la demanda llegó a la Corte Internacional de Justicia de La Haya, que debe expedirse para obligar a la negociación. En vísperas de un sesudo análisis de un especialista que publicaremos el próximo domingo, ofrecemos la presente crónica del banderazo y de otros hechos significativos.

Por: Sebastián Moro

Évica: crónica fracasada de una jornada épica

“Seguí atento a todo, con las antenas bien puestas y registrándolo todo”. El consejo vía correo electrónico de mi guía y editor con pasado boliviano me acompaña hasta hoy y se hizo casi un mandato ante el banderazo del 10 de marzo en función de la reivindicación marítima, epopeya a la cual entusiasmado iba a ir a sacar fotos y levantar testimonios. Sin embargo, fallé. Yo que en las semanas previas venía leyendo absolutamente todo lo que encontraba sobre el tema; yo que en las calles fotografiaba cualquier institución pública, casa o comercio embanderados de azul con las nueve estrellas departamentales más la del litoral perdido junto con los emblemas del Estado plurinacional y de los pueblos originarios; yo que palpitaba el inicio de los alegatos en La Haya como un ciudadano más, fallé.

Me levanté temprano ese sábado, tomé un café, repasé las últimas noticias sobre el banderazo en marcha y canchero, casi displicente diría, fui hacia el mirador de mi barrio confiado en que desde allí vería la multitud y la gesta organizándose en los puentes próximos a un kilómetro de distancia. Ya en camino el silencio urbano me pareció alarmante. Asomarme a las alturas, bajar la vista hacia donde pensaba que pasaría el banderazo y descubrir el vacío total fueron un solo movimiento y un maldecirme en voz alta, muy alta. Frenético volví a casa, revisé los diarios, las noticias y comprobé el error: el acto se desplegaba a no menos de 50 kilómetros de la metrópoli, más cerca de Oruro que de La Paz. La joda terminaba puntual al mediodía y ya eran las diez de la mañana.

Bajé al centro, corrí, caminé, pregunté cómo llegar, sepulté mi proverbial fobia al transporte público y exhausto tomé mi primer minibús local con dirección a El Alto por dos pesos bolivianos. Tenía que bajarme en un cruce y desde allí seguir -“siga siga”, dicen toditos por acá- hasta la Apacheta de Oruro, donde se concentraba la bandera más grande de la historia -196 kilómetros y medio-sostenida por más de cien mil personas. Nunca más subo a un bondi sin auriculares. Ahí entendí dónde y cómo se pierde la tan mentada batalla cultural: impunemente el conductor -vaya palabreja- aturdía a todo el pasaje con una radio evangélica notoriamente financiada por Estados Unidos. A los gritos un pastor chileno -¡!- vociferaba odio y demonizaba a media humanidad: a las mujeres por serlo, por vestirse como les place, por abortar, por no quedarse en casa y salir a trabajar; a los jóvenes por serlo, por escuchar música, por caer en el consumo; a los subyugados de toda laya por no quedarse quietitos y conformes con un sistema meritocrático e individualista perfectamente organizado desde hace milenios por Él… Tortuoso. Tanto como la interminable e inacabada ruta hacia El Alto.

Banderas en tu corazón

Entre el aturdimiento y el atasco vehicular infernal -ya ven cómo me pegó el pastor, maldito pecador…- decidí bajarme un poco antes de que el minibús derivara hacia los suburbios de la ciudad alteña. Nunca nadie parece tener la posta sobre referencias y direcciones en Bolivia. Retomé mi vía crucis consultivo: “a pie llega, son cinco kilómetros”; “siga siga, recto”; “nooo, tiene que jalar un auto particular”; “eso está lejísimos pues, unos 20 kilómetros…”. En fin. La última esperanza me la dio un laburante que con su bolso esperaba un minibús para bajar a La Paz. Fue una chispa empática: ostensible argentino preguntándole a ostensible chileno, ostensiblemente naturalizado boliviano, sobre cómo llegar al banderazo… Las risotadas fueron sincrónicas de la misma manera que la despedida: “suerte hermano, gracias”.

De nuevo caminé y corrí hasta el próximo cruce por un acceso repleto de puestos de comida y de artículos chinos. En la esquina indicada los bocinazos y voceadores de taxis y bondis se multiplicaban para mayor confusión de mi ignorancia. Micros, micritos y micrazos de todos los modelos y colores iban y venían para mi lectura con carteles con hermosos nombres de barrios y pueblitos que escuchaba por primera vez: Cupilupaca, Senkata, El Kenko, Kollpani… Pero ninguno iba hasta la Apacheta de Oruro. Pregunté el precio a un taxi colectivo: “si te llevo personalmente, directo, son 50 bolivianos”. Nop, no entra en mi presupuesto. Miré la hora antes de que muriera la batería del teléfono -es decir, aún si llegaba no podría sacar fotos ni grabar-: 11.35. “No llego ni a los aplausos”, me dije, y emprendí el regreso.

El soliloquio siguió: “Peso y medio en taxi colectivo hasta la estación Qhana Pata del glorioso teleférico y de ahí tres bolivianos más hasta mi barrio. ¡Qué buena opción para bajar!”. Me auto-convencí mientras aplicaba enteritas hojas de coca a lo que me queda de molares izquierdos porque ya estaba apunado, no sé si por la altura o por la frustración. Y más soliloquio a la espera de que el agua me llegara al tanque: “Solamente yo puedo fracasar con total éxito en medio de una épica como la de estos hermanos. Por eso, con más razón y porque sé que tarde o temprano lo van a lograr, es que no me voy a mover de aquí hasta que desde aquí vea el mar”.

El discurso de los otros

Sin embargo, mi mañanita de pesadilla no había terminado. Restaba una escena última, la de otra constatación de que la batalla cultural se pierde mientras la gente se mueve o permanece quieta delante del televisor. Y es que si no son gorilas todos los tacheros del mundo, con seguridad el 99,99 por ciento lo es. Desde el asiento trasero del taxi me tocó morfarme el siguiente “diálogo” unidireccional en el que un chofer, grandote, morocho y de voz imponente, aleccionaba a un minúsculo anciano campesino que apenas levantaba su voz en disconformidad para, en definitiva, terminar por asentir cada imprecación del taxista contra Bolivia, Evo y su gobierno popular:

“Muy poca gente dice la radio que ha ido a Oruro -seguramente cien mil personas provenientes de todos los puntos del país son una insignificancia para este hombre adicto al discurso hegemónico-, muy poca gente. A usted le han mentido señor, el gobierno lo tiene engañado, la Corte de La Haya sólo les va a decir a Bolivia y Chile que negocien, ellos no se van a meter. Chile sabe. Y los chilenos no son tontos, ellos están mucho más avanzados. Qué banderazo ni banderazo, acá lo que hace falta es trabajar. Pérdidas de tiempo nada más señor, somos como somos porque nos la pasamos de carnaval en carnaval. Un país de indios borrachos somos…”.

La perorata reaccionaria del taxista no cesó en todo el trayecto de ese viaje compartido en el que, además de mi silente presencia de gringuito y la del viejo, iban una chola con las piernas hinchadas de tanto yugar y una parejita de adolescentes que no dejó un segundo de acurrucarse a besos, impávidos frente al banderazo, al tachero y a la mar en coche.

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Semanas después, con los alegatos por la demanda marítima en la Corte

Internacional de Justicia ya en curso, pude contextualizar el discurso racista y antinacional del tachero gracias a este artículo de opinión:

“Que gente que opina en las redes diga semejantes incoherencias tampoco asombra en una época en que los memes han sustituido a la lectura y las sensaciones, a la razón. Lo paradójico es que quienes rechazaron el imponente acto del ‘banderazo’ son los que dicen defender la Constitución. Son tan incoherentes que desprecian a la wiphala, que está consagrada como símbolo nacional en la Carta Magna, y rechazan la causa marítima, que está en el texto constitucional como mandato expreso. Que uno que otro columnista traidor asuma la bandera chilena no asombra tampoco. Lo que es lamentable, y nos ha sorprendido, ha sido la declaración de un expresidente que calificó de show no solo el ‘banderazo’, sino también el viaje de exmandatarios bolivianos a La Haya para participar de los alegatos sobre el tema marítimo. Declaración que ha sido divulgada con satisfacción por la prensa chilena y ampliamente comentada por la élite del país vecino”.

A su vez, en “La época se había señalado que: “De no programar una estrategia de difusión de la demanda marítima a escala global, reforzándola con actividades desde el propio país, el mundo jamás se hubiera enterado de la injusticia por la que fue sometida durante más de un siglo todo el pueblo boliviano que nació a la vida independiente con mar, que le fue arrebatado por una guerra de ocupación propiciada por el imperialismo británico y meros intereses de las oligarquías chilenas.

 

Desde la lógica de construcciones aparentes a través de los medios de comunicación se busca generar una falsa dicotomía entre los que van a La Haya y los que no. La línea discursiva de los opositores al gobierno de Evo Morales, se adscribe convenientemente al mismo discurso de los políticos chilenos detractores de la demanda marítima boliviana. Este es un dato no menor a ser analizado y estudiado a profundidad, toda vez que a lo largo de la historia política y diplomática de Bolivia siempre se tuvieron traidores a la patria infiltrados en espacios de decisión política, sectores económico empresariales y medios de comunicación que construyeron metódicamente un escenario propicio para que en 1879 se ocupara territorio boliviano casi sin oposición, únicamente por el incremento de un centavo en el impuesto al salitre.

Los medios construyen sentido común, pero también construyen ficciones a conveniencia de intereses que van más allá de los gobiernos, tal como sucedió hace más de un siglo. El desafío mediático debe enmarcarse en la responsabilidad patriótica con la demanda marítima, en torno a las declaraciones que se persiguen pues como se expone precedentemente basta una sola declaración para que se generen efectos jurídicos contrarios a los que todo el pueblo boliviano espera obtener de la CIJ”.

Mientras miro las nuevas olas

Por fin pude, rayando el mediodía de ese histórico 10 de marzo, alivianar tanta mala onda cargada y recuperar el entusiasmo al abordar el teleférico en picada vertical hacia Sopocachi. Y es que al subir a la burbuja amarilla y acomodarme en equilibrio colectivo de a dos y dos en los asientos enfrentados, un señor de unos cuarenta años descomprimió el vuelo a los cuatro aeronautas. Iba con su compañera, algo menor, que lo guiaba y tranquilizaba pues era su primera vez y sufría de vértigo. De inmediato brotó la complicidad solidaria entre todos ya que el tipo pasó del julepe inicial a una tímida soltura risueña que terminó en carcajada explosiva y grupalmente contagiosa que nos acompañó los quince minutos que duró la odisea. “Lo que pueden los cielos”, pensé, y el mar volvió a asomar en mis visiones. Pero eso será materia de futuros envíos.

El 19 de marzo comenzaron los alegatos y terminaron el 28. La delegación boliviana ejecutó una formidable argumentación histórica, jurídica, económica, geopolítica y técnica en la que expuso al mundo las razones para que le sean devueltos 400 kilómetros lineales de costa y 120.000 kilómetros cuadrados de territorios. Pues el objetivo primigenio del latrocinio chileno de 1879, en favor del imperialismo británico y con la anuencia entreguista de la rancia oligarquía boliviana, fue quedarse con las riquezas provenientes de las minas de plata, nitrato y salitre de la región de Antofagasta, además de enclaustrar al vecino país política y militarmente.

La delegación chilena, en cambio, fue presa de un patetismo chauvinista e irracional, propio del presidente extranjerizante que supieron elegir, y terminó basando su estrategia descalificadora en un tuit del presidente boliviano. El propio Evo dijo hace dos días en uno de sus elocuentes discursos públicos que “cuando carecen de argumentos jurídicos pasan a un tema político y casi insultativo al pueblo boliviano. Porque cuando uno está seguro de sus argumentos en cualquier demanda, no tiene por qué estar nervioso o preocupado (…) No solamente el pueblo boliviano sino los pueblos del mundo ahora se dan cuenta perfectamente de que hay un tema pendiente”.

En tanto el pueblo, independientemente de las agresiones externas y de las traiciones locales de la casta política y acomodada, participa y acompaña desde hace meses en esta fabulosa reivindicación. A la gesta del banderazo, cosido paño a paño por voluntarios colectivos de todas las ciudades y pueblos, se le sumó el tradicional y apoteósico Día del Mar que se celebra los 23 de marzo en homenaje a Eduardo Abaroa, casi el único milico que en la historia boliviana defendió los intereses de la nación.

A tono con el final abierto y a la espera de la resolución de La Haya plasmo esta imagen de uno de los innumerables desfiles cívicos plenos de algarabía en los que participaron miles de mujeres, hombres y niñxs desde sus construcciones sociales, sindicales, culturales, políticas o institucionales. Guiaban el paso en las calles oficiales de Marina que apuraban el ritmo de las delegaciones. Una de ellas, de trabajadoras de “Mi Teleférico”, llevaba girada al revés la bandera azul de la reivindicación, hecho que solo alcanzó a percibir un capitán -pongamoslé-, quien muy amenamente se acercó al grupo y les indicó cómo debían llevarla, no sea cosa que se ofenda el señor protocolo. El estallido de carcajadas, mientras giraban al trote la bandera, fue unánime: participantes, espectadores y uniformadxs éramos una sola risa. Y después el exigente “siga siga” a fin de que todxs pudieran desfilar entonando sus himnos y canciones. Entonces mujeres, niñxs y hombres apresuran el caminar, las cholas con su grácil paso cortito… Descubro entonces que así es como se baja al mar, rapidito y cuidadosamente, con respeto y alegría. No importa que hoy sea a través del asfalto, de las piedras o del suelo. Ya están adentro, ya están ahí, mojándose.

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